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16 ago 2011

El tango y la puesía

En algún momento comencé a pensar que el tango, como estilo musical nunca me entusiasmaría. A lo sumo, suponía algún momento de vejez donde la conexión con esa mirada tenue y melancólica del tango se fusionaría con los otoños de mis días.
Asumo, por otra parte, que esta situación ha cambiado forzosamente, y creo haber concluido en que en esto tiene mucho que ver Jorge Luis Borges. Sus poemas, una danza por el arrabal del Palermo del '30, las atmósferas clandestinas, de barajas mal dadas y memorias escondidas. Su lectura circula entre malevajes y ribetes de fronteras. Así son sus esquinas, elocuentes de nocturnidad. Con su farol como luna, la noche se enciende en el fondo del barrio.
Sus tangos, don Borges, son esquelas de poesía. Su ritmo, el contoneo de las rimas maleducadas, salen a borbotones del escritor pendenciero.
Interesante, que a su vejez Jorge Luis Borges haya depreciado sus años mozos, de caminatas lunares y finales insurrectos.
Leerlo es nomás, un poema tanguero, que puede escucharse silencioso, en cada rodeo de las páginas de Borges.

1 jul 2011

Prologo de prologo

"El temor de incurrir en prematuras o parciales revelaciones me prohíbe el examen del argumento y de las muchas y delicadas sabidurías de la ejecución"
Prólogo a la Invención de Morel de Adolfo Bioy Casares


Tengo un problema con los prólogos. No sirven. Casi siempre están mal escritos, aunque ese no sería el principal problema. Lo grave es que ya están leídos. Quiero decir, sus autores son -siempre que su propia ética lo permita- lectores de la obra prologada. Esta verdad de perogrullo (cómo agradezco este blog, por haberme permitido utilizar por vez primera esta palabra!) es fatal para el lector desatento. Justamente es la condición de lectura previa, la que obliga al prologuista a ensayar garabatos altisonantes para mostrar al lector, cuánto sabe aquel, sobre la obra de este, y justificar con ese palabrerío infame su firma al final del texto.
Cel afirma, con sabiduría mayúscula, que es indispensable negar y pasar por alto los prólogos. Ortodoxa de la lectura, llega a negar también las contratapas. En lo que le por completo la razón. Ahora también considero que es necesario en algún momento decir algo sobre la responsabilidad editorial al incursionar en prólogos que claramente, son por su naturaleza o por impericia, claros epílogos contantes y sonantes...
Pero como aquí la cuestión es negar todo lo afirmado (quizá como método analítico de Praxis...) la invención de Morel tiene por sobre todas las cosas, uno de los más perfectos prefacios que yo haya leído nunca. Quizá por tratarse de un gran libro, es posible, sin negar esto (porque de lo que se trata, reitero, es negar siempre lo afirmado) que sea más bien producto de un autor fundamental: Don Jorge Luis Borges, quien obliga, a quien suscribe, arrojar algunas lineas en torno a este.
La lectura sencilla y plácida por donde Borges recorre sus lineas son de una soltura que nos pasea por la trama de la literatura universal en márgenes escuetos. Llega uno al final, con la poros abiertos, los ojos dilatados y la respiración agitada. Es que, lector universal, Borges urge a quien lee, a vuelta la página, para tomar contacto con esa obra que está a nuestro alcance y que sólo Borges es el obstáculo.

Y si me veo obligado a citar la frase final de este bello prólogo,  "He discutido con su autor los pormenores de su trama, la he releído; no me parece una imprecisión o una hipérbole calificarla de perfecta", sabrá disculpar el lector; es que nunca me he considerado un buen prologuista.